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Enrique Martínez-Salanova Sánchez
Director de la Revista Aularia
 
Vicepresidente del Grupo Comunicar

Cuando se ve una película como “Donde viven las mujeres”, cine real, en el que los protagonistas actúan de ellos mismos, en sus mismos entornos y paisajes, que han vivido sus propias historias de marginación y que solucionan sus propias dificultades, es necesario detenerse a pensar en las necesidades del mundo, de tantas mujeres en tantos lugares que participan en la construcción de sus pueblos y culturas, dando lo mejor que tienen de ellas mismas, en búsqueda de su formación para encarar los problemas y, en la mayoría de las ocasiones, dirigiendo los destinos de sus familias y sus comunidades.

Si además pensamos en lo que hay tras las imágenes, las palabras, los paisajes y los entornos, vemos que se ha filmado con la cercanía de las cámaras digitales, con equipos humanos de rodaje que han convivido con el ambiente filmado y sus personas, con guiones flexibles, casuales a veces, convirtiendo este film en algo más cercano al cine antropológico que al documental, es necesario reflexionar un poco sobre la importancia del lenguaje fílmico, de los referentes visuales, y de su gran influencia en la socialización de los grupos humanos

Varios directores de cine han coincidido en afirmar que la misión del cine es presentar dramas humanos, llevar experiencias diversas a los espectadores. A través del cine y de otros medios, hemos recibido informaciones de otra forma imposibles de poseer, vivimos vidas diferentes a las nuestras, entran en nuestros domicilios problemas y vivencias que, de otra forma no hubiéramos conocido. Este primer contacto y su reflexión pueden servir para relacionar personas y culturas con realidades muy diferentes. Es el comienzo de un rico proceso educativo.

El cine, como lenguaje, lenguaje vivo, avanza en la misma medida que la sociedad, con la que es interactivo y la enriquece, de la que sus cambios sociales y tecnológicos le aportan argumentos y técnicas, y que el cine devuelve con otros argumentos imaginativos, críticos, que hacen posibles nuevas reflexiones e ideas. El cine, por ello, se hace imprescindible en el debate social que se crea en torno a la educación y sus derechos y se convierte en inexcusable vehículo para mostrar los principales problemas y situaciones concretas que se dan en todo el mundo, pues no solamente cuenta dramas humanos cercanos sino que trae a nuestros cines y domicilios, a través del cine, o la televisión, lo que ocurre a las mujeres, a las minorías marginadas, o a los niños, en los lugares más alejados del planeta.

El lenguaje del cine se transforma, y se convierte, constantemente en nuestras sociedades, ofreciendo a la especie humana abundantes recursos para sus investigaciones y para el intercambio cultural, haciendo evolucionar tanto los sistemas sociales, de interrelación, como los educativos y políticos. La visión actual del mundo y de la especie humana pugna con los propios valores, poniendo en solfa los conocimientos que se van acrecentando acerca de la propia realidad humana y de su incierto futuro. Los diferentes lenguajes, incluidos los de la imagen, son a la vez vehículo de cultura y producto cultural, por lo que se genera una dialéctica intrínseca a la sociedad, a la que la sociedad no puede ser ajena.

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